El ateísmo se define como la “no creencia en Dios o dioses”.
Lo que parece increíble es que los ateos sostengan tal creencia con tanta certeza, si consideramos que incluso ateos renombrados como Thomas Edison admiten que “no conocemos ni una millonésima parte del uno por ciento de nada”.
En efecto, ni siquiera sabemos todavía cuál es la composición del noventa por ciento del universo. ¿Qué es la gravedad? ¿De qué están hechas las partículas fundamentales de la materia, tales como los electrones, los quarks o los protones? ¿Qué es la energía? ¿Cómo se explica que un gramo de pétalos de rosa contenga una cantidad de energía idéntica a la de un gramo de uranio? Si no sabemos el “cómo” del funcionamiento de estas cosas, ¡cuánto menos el “por qué”! Ser ateo, por tanto, exige una buena cantidad de fe.
—Pero a Dios no le podemos ver —me dijo en cierta ocasión un estudiante.
—Cierto —le respondí—; pero tampoco podemos ver los electrones, la música, los campos magnéticos, la mente o el viento y no por eso dudamos de su existencia.
Si no podemos ver a Dios, entonces deberíamos evaluar las evidencias de Su existencia con el mismo método que utilizamos para descubrir las cosas que no podemos ver, es decir, sus efectos.
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