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Un juez sabio

Domingo, 4 de Septiembre de 2011

martilloCierto día un vendedor ambulante iba caminando hacia un pueblo. Por el camino encontró una bolsa con 800 dólares. El vendedor decidió buscar a la persona que había perdido el dinero para entregárselo, pues pensó que el dinero pertenecía a alguien que llevaba su misma ruta.

Cuando llegó a la ciudad, fue a visitar a un amigo. “¿Sabes quién ha perdido una gran cantidad de dinero?”, le preguntó a éste. “Sí, sí. Lo perdió Juan, nuestro vecino, que vive en la casa de enfrente”. El vendedor fue a la casa indicada y devolvió la bolsa. Juan era una persona avara y apenas terminó de contar el dinero, gritó: “¡Faltan 100 dólares! Esa era la cantidad de dinero que yo iba a dar como recompensa. ¿Cómo lo has agarrado sin mi permiso? Vete de una vez. Ya no tienes nada que hacer aquí”. El honrado vendedor se sintió indignado por la falta de agradecimiento. No quiso pasar por ladrón y fue a ver al juez.

El avaro fue llamado a declarar. Insistió ante el juez que la bolsa contenía 900 dólares. El vendedor aseguraba que eran 800. El juez, que tenía fama de sabio y honrado, no tardó en decidir el caso. Le preguntó al avaro: “Tú dices que la bolsa contenía 900 dólares, ¿verdad?” “Sí, señor”, respondió Juan. “Tú dices que la bolsa contenía 800 dólares”, le preguntó el juez al vendedor. “Sí, señor”.

“Pues bien”, dijo el juez, “considero que ambos son personas honradas e incapaces de mentir. A ti porque has devuelto la bolsa con el dinero, pudiéndote quedar con ella. A Juan, porque lo conozco desde hace tiem­po. Esta bolsa de dinero no es la de Juan; aquella contenía 900 dólares. Esta solo tiene 800. Así pues, quédate tú con ella hasta que aparezca su dueño. Y tú, Juan, espera que alguien te devuelva la tuya”.

“Enséñame buen sentido y sabiduría, porque tus mandamientos he creído.”
Salmo 119:66

Fuente: manantialdevida.net

¿Sabes lo que he oído?

Miércoles, 6 de Abril de 2011

En la antigua Grecia (469-399 AC), Sócrates era un maestro reconocido por su sabiduría. Un día, el gran filósofo se encontró con un conocido, que le dijo muy excitado:

—“Sócrates, ¿sabes lo que acabo de oír de uno de tus alumnos?”

—“Un momento” respondió Sócrates. “Antes de decirme nada me gustaría que pasaras por una pequeña prueba. Se llama la prueba del triple filtro. Antes de contarme lo que sea sobre mi alumno, es una buena idea pensarlo un poco y filtrar lo que vayas a decirme. El primer filtro es del de la VERDAD. ¿Estás completamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?”.

—“No, me acabo de enterar, y…”

—“Bien”, dijo Sócrates, “con que no sabes si es cierto lo que quieres contarme… Veamos el segundo filtro, que es el de la BONDAD. ¿Quieres contarme algo bueno de mi alumno?”

—“No, todo lo contrario…”

—“Con que…” le interrumpió Sócrates, “…quieres contarme algo malo de él, que no sabes siquiera si es cierto. Aún puedes pasar la prueba, pues queda un tercer filtro: el filtro de la UTILIDAD. ¿Me va a ser útil esto que quieres contarme de mi alumno?”

—“No, no mucho”.

—“Por lo tanto”, concluyó Sócrates, “si lo que quieres contarme puede no ser cierto, no es bueno ni útil, ¿para qué contarlo?”

Esto explica el porqué de la grandeza de Sócrates, y por qué se le tenía en tanta estima.